Voy pensando en que escribir sin saber muy bien como detallar lo que siento. Es difícil plasmar en un papel todo aquello que me deplora. Las sensaciones más oscuras y los pelos de punta. Electrones de nostalgia me recorren, se agitan por mi cuerpo y me corroen por dentro. Con mi pijama favorito desgastado por los días, algunos más largos que otros, voy fumando cigarrillos. Mi corazón palpita rápido. Cierro los ojos e imagino…Caigo en un pozo algo oscuro. Recorro en círculo sus paredes intentado dejar de lado la claustrofobia que padezco por dentro. Una llama que quema e intento buscar un gran mar de agua en el que sentirme libre. Me tiro en el y me doy cuenta… solo se trata de una trampa, me quedo allí enredada, veo que no puedo salir a la superficie. Me ahogo con mis gritos. Y aun así veo esa pequeña luz que llega a través de algunos rayos de esa debilitada puesta de sol. Vuelvo a abrir los ojos y me seco las lágrimas. Aún queda algo de ese pitillo. Ahora ya más consciente de mi realidad me siento, asustada, encima de la repisa de mi ventana. Miro las estrellas y veo pasar un cometa. Le pido mil deseos, le pido que te quedes, le pido que me quieras, le pido que te enamores, le pido seguridad y paciencia. Me viene todo a la cabeza y sin poder ya ni respirar miro al cielo y reflexiono… ¿seré yo la que se equivoca?



 

 Aun recuerdo ese día. Aquella niña con un vestido negro a rayas rojas. Sentada en el regazo de su madre y allí las dos con una música de los cincuenta que sonaba a lo lejos. Era lenta y suave. Esa canción… a gritos te pedía que la bailases, necesitaba el ruido de tus tacones al compás de esa sonada melodía. Y allí estaba yo, bailando delante del portal justo al otro lado de la calle mirando a esa niña con la mirada perdida. La mirada más triste que jamás he visto. Y derramaban lágrimas por mi cara con solo observarla. Veía su miedo, leía sus pensamientos y percibía sus inquietudes. La madre se la miraba con una pequeña sonrisa esbozada en su desgastado rostro. No comprendía como podía pasar sangre por sus venas. Sonreía sin darse cuenta del gran peso que soportaba encima. El peso de la amargura de la niña y de la agonía de sus sentimientos.

 La canción dejó de sonar y me senté en un banco de esa pequeña calle. Ellas ni se inmutaron. Tan solo seguían en esa pose firme, tan deliciosa a los ojos de los que pasaban pero tan aterradora para mí al ver a esa chiquilla tan vacía por dentro.

Era tarde. Pasaban las minutos tan rápidos que no me daba tiempo a irme. Quería ayudarla. Me observaba a lo lejos y nos mirábamos, la pequeña se daba cuenta que yo era capaz de ver sus temores. Me dibujó un medio círculo entre ese aire cortado que respiraba. Era su forma de decirme hola. Volví a llorar. Me sentía triste y absurda, tenía tantas cosas en mente que no era capaz de ordenarlas de forma racional. Estuve apunto de cogerla, llevármela corriendo y dibujarle una sonrisa en esos resaltados pómulos rojizos. Pero no lo hice. Me levanté y aun no se el porque. Me fui. La abandoné.

A media esquina me giré. Y la niña había dejado de tener esa mirada que reposaba entre alguna que otra hoja de esos pequeños árboles de enfrente. Me miraba más asustada que antes. Me alargaba la mano a lo lejos y no fui capaz de estrechársela. Me temblaba el pulso y me faltaba el aliento. Y sin más, me marché.

Nunca más pude dormir. Esos ojos azules… que gritaban no te vayas, en un lenguaje que tan solo yo podía entender.

De eso ya hace 24 largos años, ahora con 29 sigo pasando todos los días por delante de la casa de la chica del vestido negro a rayas. Pero nunca jamás volví a verla. Nunca debí girar esa maldita calle. Aun lloro por como me miraba y por no haberle dicho un te quiero. Me enamoré de esos ojos y desee llenarlos de alegría.

Ahora tan solo me queda el recuerdo de ese extraño día. Y por supuesto esa bella canción que aun resuena entre mis tímpanos. Estaba hecha para ella.